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miércoles, 17 de agosto de 2011

La generosidad

Hace unos años, un maestro llegó a una pequeña ciudad. En aquellos tiempos, la costumbre era abrir la puerta a cualquiera que viniese como “huésped de Dios”. Así se les llamaba. Cuando alguien golpeaba tu puerta y decía que era un “huésped de Dios”, tenías que invitarlo, alimentarlo y darle un lugar donde dormir. El viajero se encontró con un grupo de gente de la ciudad y preguntó: “¿Hay en esta ciudad alguna persona que pueda acogerme esta noche? Mañana continuaré mi viaje”. Los lugareños respondieron: “Pues sí, hay una persona que suele recibir huéspedes. Si te quedas allí, te dará de comer, te alojará y será muy amable contigo. Pero tenemos que advertirte de que tiene un hábito muy extraño: por la mañana, cuando te vayas a ir, te dará una paliza”. Era invierno y hacía mucho frío, así que el viajero pensó: “No voy a pasar la noche en la calle, hambriento y muerto de frío. Iré y aguantaré lo que me venga. Comeré, dormiré en una habitación caliente, y, si al final me da una paliza, que me la dé”. El viajero llamó a la puerta y un hombre muy amable salió a abrir. El viajero dijo: “Soy un huésped de Dios”. El hombre respondió: “Ah, entre, por favor, entre”. Acto seguido, le ofreció el mejor asiento de la casa y los mejores almohadones. El viajero contestó: “Eyvallah” (Eyvallah significa “Como quieras”. Literalmente se traduce “Como Dios Quiera”. Decir Eyvallah significa que estamos dispuestos a aceptar lo que se nos dé, sea lo que sea –bueno o malo, apetecible o no- recordando que procede de Dios). “¿Le pongo un almohadón detrás para que esté más cómodo?” “Eyvallah” “¿Tiene hambre?” “Eyvallah” El anfitrión trajo entonces una cena deliciosa y, al terminar, preguntó a su huésped si quería algo más. “Eyvallah” “¿Quieres café?” “Eyvallah” “¿Le apetece un cigarrillo?” “Eyvallah” “¿Le hago la cama? “Eyvallah” El anfitrión preparó una cama blanda maravillosa y puso una frazada de plumas encima. “¿Quiere usted un vaso de agua antes de irse a dormir?” “Eyvallah” Por la mañana, el anfitrión se levantó temprano. Le preguntó al viajero: “¿Quiere desayunar?’ “Eyvallah” Así que sirvió un desayuno estupendo. Una vez terminado, el viajero se dio cuenta de que era hora de despedirse de su anfitrión. Después de las historias que había escuchado, tenía miedo de lo que podía ocurrir, a pesar de que este hombre había consagrado casi un día a cuidar de él. “Me temo que tengo que despedirme ya”, dijo temerosamente. El anfitrión respondió: “Eyvallah”, y añadió: “Usted parece ser un hombre sin mucho dinero. ¿me permite que le dé algo?” “Eyvallah”. Así que el amable anfitrión le dio diez monedas de oro. El viajero pensaba para sí: “¡Vaya paliza que me va a dar ahora!” El anfitrión le acompañó hasta la puerta y le dijo: “¡Vaya usted con Dios!”. El viajero, asombrado, replicó:
“Perdone, pero por ahí se rumorea algo terrible sobre usted, que es la persona más generosa que he conocido en mi vida. Dicen que usted es muy hospitalario con sus huéspedes, pero que por la mañana les da una paliza. ¿Puedo correr la voz de que no hacer tal cosa y de que es usted un hombre y anfitrión maravilloso?”. El anfitrión contestó: “No, no. Lo que dicen es cierto”. “¡Pero usted no me ha tratado así!”. “No, usted es diferente. Mis otros huéspedes son mucho más problemáticos. Cuando les ofrezco el mejor asiento de mi casa, dicen: “Oh, no, no, gracias, siéntese usted ahí”. Cuando les ofrezco café, responden: “Pues no sé, no quiero molestarle”. Les pregunto si quieren cenar y dicen: “No, por favor, sería demasiada molestia”. A esas personas ciertamente les doy una paliza por la mañana.
Tomado de "El Amor es el Vino" de Sheih Muzaffer Ozak al-Yerrahi al-Halveti Derga Halveti al Yerrahi.

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